jueves, abril 25, 2024
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“Delirio extremes”: la epidemia invisible de crack en Honduras

“telarañas en la ropa, tigres en el balcón, alacranes en la boca miedo en el corazón. Maldito seas satanás, quítate el antifaz.

En este espejo no cabemos los dos” (fragmento de la canción Delirium Tremens. Fito Páez y Joaquín Sabina) Son casi las tres de la tarde y en la entrada del albergue OASIS Ezequiel da unos toquidos trémulos en la puerta de hojalata.

El interno encargado de la puerta abre el candado de mala gana y Ezequiel entra, cabizbajo. Lleva muletas y su piel se ha vuelto de color gris pálido: parece un hombre en blanco y negro.

Apoya una muleta donde debía ir una pierna, lleva una gasa empapada de sangre fresca en la parte derecha de su cuello y otra en el abdomen. Está flaco y se mueve despacio, como si caminara en el fondo del mar.

—No, no, ya demasiado. Última vez que dejan entrar a Ezequiel, última vez.

Esto no es juego. Le dice al encargado de la puerta, con voz tronadora y gangosa, el Pastor J, el dueño de este recinto.

—La próxima vez que ya no entre. Última oportunidad.

Insiste el pastor sin mirar a Ezequiel, que ya se ha sentado en un pedazo de banca y pelea por meterle algo de oxígeno a sus pulmones. —Mire Juan, este muchacho es un problema.

Él tiene insuficiencia renal y cirrosis, le damos chance de salir a hacerse las diálisis al hospital, pero cada vez se pierde y se va a fumar piedra. Cuando ya no aguanta ahí viene, así como hoy, ya bien demacrado—.

El Pastor J se voltea y se dirige al interno que hace de portero esta tarde. —Vaya, si va a entrar revísenlo.

No quiero que pase lo de la otra vez. ¡Última vez, Ezequiel! ¡Última vez! El lugar al que Ezequiel trata de entrar, según parece por última vez, es el albergue OASIS, ubicado en una de las colonias más pobres y más pobladas del Valle de Sula, Honduras, un refugio que pretende tratar, a través de estrategias en extremo precarias, las adicciones a ciertas sustancias de personas de esta región del país.

Se trata de un lugar de 180 metros cuadrados dividido entre un espacio de tierra con varios cajones de ladrillo y cemento de un solo piso, y una construcción de doble piso con divisiones de madera. A un costado hay una chabola que funge como cocina: cuatro pilares de madera, piso de tierra y un techo agujereado de lámina oxidada.

Cuando llueve gotea sobre el fogón, apagándolo y sacando una humareda blanca. La parte mejor armada del lugar es una galera de piso de cemento y techo de zinc, que se usa para los cultos evangélicos, como comedor, sala de reuniones y para ver la televisión, que se enciende en tres turnos de aproximadamente dos horas.

Todo el terreno está cercado por pedazos de lata oxidada y coronado por alambre de púas para evitar que la gente se salga. Nadie nunca ha querido entrar a hurtadillas por acá.

En este espacio viven, en febrero de 2023, aproximadamente 100 personas con problemas de adicción. Este lugar es su última oportunidad.

Si esto falla queda únicamente indigencia y la mendicidad en las calles de San Pedro Sula, El Progreso o Choloma. Si este intento de curarse no sale bien les espera, según el pastor, la muerte a manos del delirio cocaínico, la cirrosis hepática o el delirium tremens, los demonios de los que pretenden huir los internos de este lugar.

El pastor ha dejado de gritarle a Ezequiel. Dice que la semana pasada cuando salió a su diálisis regresó con crack y lo fumó a hurtadillas en la noche.

Su olor ferroso no pasa desapercibido en un lugar como este y estuvo a punto de generar una crisis. Esa vez el pastor le quitó la droga y lo perdonó.

—Apenas tres meses de vida le dieron en el hospital y ya va para seis, así que lo dejé quedarse. No tiene dónde más ir.

Pero ya esta vez sí es la última —dice el pastor todavía con cólera. Pero por lo que vería yo luego, parece ser que para el Pastor J no existen las últimas oportunidades.

Ezequiel mira al suelo fijamente con sus pupilas dilatadas y vidriosas, como las de los cadáveres, luchando por cada bocanada de aire. Parece ajeno a todo esto, como si estuviera en otro lugar.

Los demás internos observan la escena desde la galera principal. Quizá se ven en el ejemplo de Ezequiel, y como él bajan la mirada.

Nadie dice nada. Uno de ellos se me acerca, se llama Raúl.

Luce diferente a los demás y definitivamente muy diferente a Ezequiel. Está gordo, es blanco, y su ropa no tiene ese color carbonífero que homogeniza a los internos.

Su repertorio de palabras es bastante más amplio incluso que el del Pastor J, y camina por el patio como si estuviera en el parque de su colonia. —Yo soy técnico en refrigeración, tenía una empresa de arreglar todo tipo de aparatos de refrigeración.

Si yo no sé ni cómo vine a parar acá —dice, y hace algo muy complicado de imitar o describir: se ríe con tristeza. Raúl vino acá hace 20 días, aún no ha superado la etapa más crítica, todavía está en lo que se considera síndrome de abstinencia.

Su adicción, a diferencia de la mayoría que afirma haber empezado a fumar crack en su adolescencia, empezó hace apenas diez años —tiene 53— cuando unos amigos de la colonia con quienes bebía cerveza le presentaron el crack, le dijeron que fumando eso podría espantar la borrachera, y que las cervezas entraban mucho más fácil y se podía tomar más sin dormirse o desmayarse. Era cierto.

Sí pudo tomar más y hasta más tarde. A partir de ahí su vida se fue al carajo.

Desde hace dos años entra y sale de la indigencia y dice que este lugar es su última oportunidad antes de suicidarse. Su hija adolescente se le adelantó en ese cometido.

Hace 21 días se trató de matar, se tomó un frasco entero de pastillas y terminó en el hospital donde apenas lograron salvarla con lavados de estómago. Raúl la visitó ahí, y prometió que se curaría de su enfermedad y que una vez curado regresaría a ser su papá.

Del hospital se vino a enfrentarse al crack en el albergue. Si falla otra vez, no es su primera entrada, dice que para él también será la última vez.

Raúl es además un artesano. Construye unas réplicas de motocicletas Harley Davidson con pedazos de latas de CocaCola.

Sus artesanías son impresionantes, las vende a 300 lempiras (12 dólares americanos) y con eso pretende hacer un pequeño fondo que le permita no regresar a su familia con las manos vacías. Me regala una, es jodidamente perfecta, y la vergüenza me gana, siento que lo estoy timando al llevármela sin dejarle nada.

Le digo que más bien quiero comprarla. Le doy un billete de 500 lempiras (20,31 dólares americanos).

Son casi las 6 de la tarde. En la cocina, Hernán revuelve con un palo lo que será la cena.

En un recipiente metálico, ennegrecido por el humo y el fuego de la leña, se cocina una amalgama difícil de descifrar. —Es hueso de res que le regalan al pastor en el rastro.

Nosotros lo cocinamos. También le regalan las vendedoras del mercado la verdura que ya se arruinó y él compra arroz y tortillas.

Dice Hernán, quien suda copiosamente sobre la cena de sus compañeros sin dejar de mover el palo mezclador. Hernán es interno también, lleva siete meses peleando contra su adicción al crack.

A cinco metros de Hernán, Ulises bate con las dos manos un líquido azul chillón en un enorme recipiente plástico. Pastor J ha conseguido una receta barata para fabricar desinfectante de piso.

Diariamente Ulises revuelve unos cinco químicos con las manos y respira los humores de aquella fórmula durante varias horas, sin siquiera una mascarilla de por medio. Cuando le pregunto por medidas de seguridad me ve con condescendencia burlona: “Para las mierdas que uno se ha metido, compa”, me dice.

Otro grupo, aquellos que ya llevan más de 6 meses internos y están en una fase más controlada de su adicción, salen a vender a los mercados el desinfectante y con las ganancias pagan la luz y el agua y compran comida y los medicamentos que se usan en el albergue. Cada galón de desinfectante lo venden por 50 lempiras (2,03 dólares americanos), ganándole 10 lempiras (41 centavos de dólar) por galón.

Según el Pastor J, en un buen día venden 50 galones. Ulises fue sicario de una estructura criminal muy poderosa en Honduras.

Estuvo preso por asesinato y, según su relato y según lo que el pastor sabe de esa historia, esa estructura pagó a una jueza para liberarle, pero Ulises ya no quiso seguir matando para ellos. Así que huyó y empezó a consumir crack en una ciudad vecina.

Llegó a comer de la basura y dormir en la calle hasta que escuchó de este albergue y vino por propio pie. Se esconde acá del crack y de la mafia.

Si no se anda con cuidado cualquiera de los dos podría matarle. Ulises no es su verdadero nombre y este albergue no se llama OASIS.

Llegan las 7 de la noche. Entre varios internos arreglan la galera principal para escuchar la prédica del día.

Limpian las mesas viejas y cojas, colocan un ramo de flores y los que tienen se visten con sus mejores ropas, los que no tienen se meten la camisa por dentro del pantalón o el short, y aquellos que conservan sus zapatos se los calzan. En código antropológico se diría que convierten un lugar secular en uno sagrado: lo que antes era una galera donde ver televisión ahora es una iglesia.

La prédica la da otro interno, se lo ha encomendado el Pastor J, quien solo predica los domingos. Este hombre habla de la falta de compromiso de algunos.

Parece molesto. Se pasea como león enjaulado, como retándolos.

Dice que los que se rinden no le creen a Dios. Que son cobardes.

Ezequiel, el hombre a blanco y negro que caminaba en el fondo de mar, ya no escucha estas palabras. Ya se ha ido.

Se ha rendido. Se quedó resollando un rato sobre aquella mesa después de los regaños del Pastor J y luego dirigió sus pasos anémicos y su cuerpo opaco hacia la calle.

No quiso que le revisaran, según el pastor, porque aun guardaba alguna dosis de crack para fumarla de noche. Según el diagnóstico de los médicos, Ezequiel debería estar muerto hace tres meses.

En el albergue creen que morirá en las calles esta semana. Honduras es un paraíso para el tráfico de cocaína: tiene doble costa, al Atlántico y al Pacifico; tiene la Muskitia, una selva con salida al mar Caribe, casi virgen, plagada de pistas de aterrizaje clandestinas y cundida de ríos que se adentran en el país; tiene una democracia muy débil e instituciones de fácil cooptación.

Este territorio privilegiado fue gobernado durante 12 años por Juan Orlando Hernández, que desde la semana pasada enfrenta un juicio en Nueva York por narcotráfico. La cocaína proveniente de Colombia y Perú transita por aquí desde la década de los ochenta, cuando Ramón Mata Ballesteros, que como Amado Carillo Fuentes y el Chapo Guzmán, tiene su papel en la serie de Netflix Narcos, era el señor de la droga en Centroamérica.

Un informe del Departamento de Estado publicado en marzo de 2023 calcula que unas 300 toneladas de cocaína pasan cada año por Honduras rumbo a los Estados Unidos. Según diferentes entidades internacionales, en 2014 ya pasaba por Honduras el 79% de toda la cocaína que entraba a Estados Unidos.

Este, y otros informes elaborados por diferentes agencias norteamericanas, apuntan a que Honduras ya no solo es lugar de tránsito, sino que ha dado el paso, aunque en una escala muy baja, a país productor. Una consecuencia de estos procesos es que cada vez más droga se queda por acá.

Sobre esto último las cifras son escasas, pero uno de los altos mandos de la policía hondureña que pidió no ser citado, asegura que son dos fenómenos los que han puesto a la cocaína y sus derivados a circular de forma masiva por Honduras. Por un lado, la modalidad de pagar en producto a los transportistas de la droga, quienes no tienen las conexiones suficientes para exportar este producto hacia el norte y terminan vendiéndolo en Honduras, y por el otro lado la corrupción de las autoridades, que al hacer decomisos de droga consiguen revenderla a sus dueños originales o a cualquier estructura que esté dispuesta a pagar el precio.

Este alto funcionario me aseguró: “La estrategia del gobierno anterior, el del presidente Juan Orlando Hernández, fue hacer un escudo aéreo y marítimo, con apoyo de los norteamericanos, para que la droga no pasara de esas maneras. ¿Qué quedaba? Pues que pasara por tierra.

Ahora sabemos, por la información de inteligencia y por las pruebas contra el expresidente presentadas en las cortes de New York, que él dirigía un cartel que se encargaba justamente de transportar la droga por el corredor terrestre. El problema es que si pasa por tierra es más probable que se quede mucha droga por acá.

Y es lo que está pasando”. El Pastor J y otros cinco pastores evangélicos que se dedican a atender a personas con problemas de adicción aseguran que en los últimos años la cantidad de adictos al crack se ha disparado en Honduras y que sus albergues se ven desbordados.

Lo mismo me dicen dos vendedores de cocaína y crack de la ciudad de San Pedro Sula, siempre dentro del Valle, y casi todos los internos del albergue. De hecho, el albergue OASIS, así como la mayoría de este tipo en el país, surgieron originalmente como una forma de atender a los adictos al alcohol, pero se han transformado, ante la creciente avalancha de adictos a los derivados de la cocaína.

Según estos tres últimos grupos de fuentes, el crack ya sustituyó por completo al pegamento, y otros productos de uso industrial, como la droga por antonomasia de los sectores más bajos de la pirámide social hondureña. El doctor en antropología Phillippe Bourgois, probablemente uno de los académicos que más entienden las dinámicas socioculturales que rodean a los drogas, y específicamente al crack, escribió en un artículo científico que para entender las dinámicas de las adicciones habrá necesariamente que vincularlas a “a las grandes fuerzas estructurales históricas que crean grupos sociales vulnerables”.

El doctor Bourgois sabe del tema, pasó más de diez años haciendo etnografía profunda entre consumidores y vendedores de crack en Harlem, New york, y es autor de una de las obras más importantes de antropología urbana de los últimos años: In Search of Respect: Seling crack in el Barrio (Cambridge University Press, 2003) estudia el fenómeno desde antes de la gran epidemia de los ochentas y conoce los efectos devastadores de esta droga desde antes siquiera que al crack se le llamara crack. Este antropólogo escribió además: “El crack, como droga de abuso preferente, solo resulta atractivo para los subgrupos de población desesperados que son víctimas de formas extremas de violencia estructural”.

Todo indica que la clave del problema no está en los componentes químicos de la droga, ni en los efectos celulares que genera en el cuerpo humano, si no en las características socioculturales de las poblaciones que las consumen. Resumiendo esto a su estado más simple, podríamos decir que la droga se vuelve un problema cuando la consume una población que sufre de forma sistemática.

En el albergue OASIS todos, salvo Raúl, el técnico en refrigeración y autor de las motos de hojalata, son pobres. En el albergue OASIS, sin excepción, todos sufren.

Es media tarde tarde de otro día de finales de febrero de 2023 y Héctor, a pesar de haberle dicho que llegaba a esta hora, me espera desde las 12. Está ansioso por hablar.

Lo conozco desde 2021, cuando llegó a este centro por primera vez, pero dice que hasta ahora está preparado para contarme su historia. Se ha puesto su mejor gala: un pants negro y una camisa Adidas, claramente falsificada, de segunda mano.

Se ha colgado el gafete azul que le ha dado el Pastor y le acredita como encargado de la clínica y parte del staff del lugar. Héctor es un interno, pero uno que tiene responsabilidades y poder dentro del micromundo del albergue.

—Yo empecé en esto cuando perdí a mi familia. Ahí es donde yo empecé a consumir, por lo mismo del dolor que sentía yo —dice Héctor ya con los ojos mojados.

Él no escoge este verbo, perder, de forma caprichosa o como sinónimo de no encontrar algo o a alguien. A la esposa de Héctor la mataron de un tiro en la cabeza en 2010; la mató el amante que ella tenía en una de las ciudades del Valle de Sula.

Un año después mataron a su hijo mayor, de 21 años, para robarle la herencia de la madre asesinada. Los asesinos, miembros de la familia, amenazaron a Héctor y tuvo que firmarles unos papeles para que ellos se quedaran con su casa, su carro y unos terrenos.

El licor barato de caña hacía al dolor naufragar por unas horas o por unos días. Funcionaba.

Pero entonces se volvió adicto y después de varias ausencias perdió su trabajo como conductor de montacargas en una empresa de construcción. “Cuando vino, venía ya con delirio extremes”, dice el Pastor J, quien interrumpe sin misericordia nuestra plática, y me muestra un video donde Héctor está en el suelo babeando, temblando y repitiendo incoherencias protagonizadas por el diablo y por manadas de animales pequeños que le persiguen y se le trepan por el cuerpo.

Héctor baja la mirada y dice casi para sí mismo: “Sí… así es, así vine yo”. Héctor es ahora el encargado oficial de la clínica, por eso lleva el gafete que lo acredita como tal en su cuello, y es el encargado de cualquier cosa relacionada a la salud en este recinto.

En términos prácticos, Héctor es el doctor del albergue. Héctor jamás ha estudiado medicina, ni enfermería, y por no estudiar no estudió más allá de la primaria.

Apenas sabe leer. La clínica es un cuarto de diez metros por cuatro con piso de cemento y techo de lámina.

Ahí hay nueve camas, unas frente a otras. También hay un cuarto pequeño en donde guardan las donaciones y donde duerme Héctor, contiguo a sus pacientes y guardando celosamente la caja con medicinas.

El trabajo más importante y al que le dedica más energías se trata de pelear contra el terror de todos los adictos del Valle de Sula: el delirio extremes. Se trata en realidad del padecimiento psiquiátrico delirium tremens que, ante la imposibilidad de ser nombrado correctamente por sus víctimas, en Honduras terminó tropicalizándose en este vocablo.

Históricamente se le ha llamado con otros nombres bastante más descriptivos como “barrel-Fever”, “blu horrors”, “dolor de botella” o “drunken horrors”. Esta condición fue estudiada y diagnosticada en adictos desde principios del siglo XIX, pero es tan antigua como el licor mismo.

Está asociada con la intoxicación severa del sistema nervioso, producto de la ingesta excesiva y prolongada de alguna sustancia. Es considerada una de las etapas más avanzadas y más peligrosas del síndrome de abstinencia, y tiene que ver con temblores, comportamiento errático y alucinaciones.

La traducción del latín significa literalmente “delirio tembloroso” y según varios especialistas consultados puede causar la muerte. Una característica típica de delirium tremens, además de una depresión generalizada de todos los sistemas, una afectación prolongada del sistema nervioso central que termina generando parálisis y temblores extremos, problemas cardiovasculares severos, entre otros problemas físicos, son las alucinaciones visuales microzoopsias.

Es decir, que los que la padecen suelen ver manadas de animales miniatura acosándolos o subiéndoles por el cuerpo. A esto se le suma también la psicosis cocaínica, relacionada directamente con exposiciones intensas y prolongadas a la cocaína y sus derivados como el crack.

Héctor me da un tour por su clínica y me muestra sus medicamentos. No son muchos, apenas nueve medicinas, de las cuales dos son para controlar la diarrea, tres para los síntomas de la gripe y el resto son medicamentos psiquiátricos como diazepam o lorazepam, que Héctor receta y aplica a sus pacientes a discreción de sus propios conocimientos.

—La cura para el delirio extremes es dormir. Por eso yo les inyecto una dosis de diazepam, si aquel hombre no se quiere dormir le pongo la otra ya de lorazepam, para que ya no esté con aquel delirio, diciendo cosas que nada que ver, y se duerma, si es posible hasta 12 horas.

Aprovecho también para inyectarles una “tiamineta”, eso les cae bien también. (…) En ocasiones a los internos hay que amarrarlos a la cama por que se quieren ir, se quieren zafar y hasta se quieren matar —dice Héctor mientras me muestra su botiquín y sus jeringas y sus lazos.

Los internos que llegan a esta clínica son los privilegiados. Acá solo pueden entrar aquellos que pueden pagar tres mil lempiras al mes (121 dólares americanos).

Es el único lugar pagado en este albergue. Aquellos que no tienen ese dinero no podrán acceder ni siquiera al rudo tratamiento de Héctor.

Deberán lidiar con el síndrome de abstinencia y con el delirio ellos solos, tirados en una colchoneta sucia, bajo unas láminas herrumbrosas que el pastor ha preparado expresamente para este propósito. El centro no tiene la capacidad económica para aplicar estos medicamentos a todos los internos, ni tiene las camas suficientes para acostar durante 15 días, que es el tiempo determinado por Héctor para salir del “delirio extremes”, a más de cien personas.

Así que incluso acá, en el fondo de la pirámide social de Honduras, uno de los países más pobres de América, hay estratos sociales. Los que tienen 3 mil lempiras sufren menos que los que no las tienen.

Hoy, 24 de febrero, llegó Henrry, un hombre joven, buscando ayuda, pero no tiene los tres mil lempiras, de hecho, no tiene nada: se consumió hasta el poco dinero que logró después de la venta de sus zapatos. Así que se revuelca en soledad en la colchoneta sucia, bajo aquellas láminas hirvientes.

Los primeros días no les dejan entrar a los cuartos porque vomitan y defecan en sus camas. Para eso hay camas sin colchón, solo con los cables metálicos.

Pero casi no las usan. Prefieren dejarlos en esa pequeña galera, casi a la intemperie, hasta que logren dominar sus esfínteres.

Todavía no ha empezado lo más duro del síndrome de abstinencia, apenas han pasado unas horas desde el último cóctel de crack y licor, pero Henry ya puja como si le hubiesen golpeado el estómago muy fuerte. Solo soporta unas horas, esta vez no podrá.

Se pone de pie y pide la salida. Va a pelear contra el delirio extremes con licor y crack.

Dice que no quiere consumir, y le creo, realmente dice no tener ganas de un trago o un pipazo de crack, pero el dolor es insoportable y el miedo al delirio extremes lo hace huir. Si consigue rápido un trago o una porción de crack quizá logre atrasar su llegada unos días.

Si no los consigue a tiempo, quizá quedará varado, perdido e inutilizado en alguna acera, hablando incoherencias y devorado por una manada de animalitos imaginarios. Honduras atraviesa una crisis de salud pública.

El problema de adicción al crack y la cocaína se va convirtiendo en un gran elefante que terminará por exponer su presencia destruyendo la cristalería. Parte del problema es que Honduras no sabe que tiene uno, o en todo caso, no le interesa saber.

La información disponible, tanto de organismos privados como gubernamentales, sobre adicciones y tratamientos es muy escasa, y la poca que hay es muy difícil de encontrar. El documento más reciente sobre adiciones es el informe de la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas (CICAD) de 2019.

En este informe básicamente se expone una serie de elementos que Honduras no tiene. El informe hace hincapié en la poca o nula disposición de este país para generar datos referentes al consumo, prevalencia y estrategias de atención en adicciones.

Está plagada de párrafos como este: “CICAD ve con preocupación que desde la primera ronda (1999-2000), el país no ha realizado algunos estudios prioritarios en reducción de la demanda. Además, Honduras no dispone de alguna información en reducción de la oferta, tráfico ilícito y delitos conexos ni cuenta con estudios para evaluar programas o intervenciones sobre drogas en reducción de la demanda, reducción de la oferta y medidas de control”.

En un documento anterior, uno de los pocos que hay, el Observatorio Hondureño Sobre Drogas, en su Informe Nacional en Materia de Drogas, a pesar de haber sido elaborado por el mismo gobierno, consigna información como esta: “…Asimismo, se realizan consultas sobre el consumo que presentan los usuarios de los centros de tratamiento, desafortunadamente, no todos hacen llegar dicha información en vista que en Honduras no es obligatorio proporcionarla; adicionalmente, los expedientes clínicos en los hospitales son manejados por diferentes profesionales de la salud y no se ha homologado una forma de recolectar datos. Es importante destacar que Honduras no cuenta con una base de datos centralizada para el área de reducción de la demanda, lo cual impide recolectar datos de todos los centros de tratamiento que existen en el país.

Aún no se han desarrollado estudios sobre percepción de riesgo, patrones de consumo, actitud ante las drogas, encuestas en población general, entre otros, por falta de presupuesto”. O esto otro: “A través del tiempo se ha buscado mejorar la oferta de programas de prevención; sin embargo, son pocos los que están basados en evidencia, al mismo tiempo, existen programas de prevención de violencia que tiene un componente de drogas, pero no están orientados específicamente a dicha temática”.

Y concluye: “El presupuesto otorgado para llevar a cabo las labores de prevención, ha disminuido con el pasar de los años, provocando que algunos programas en el área se encuentren inactivos o limitados en su desarrollo”. Honduras no cuenta con un sistema nacional de tratamiento.

El gobierno hondureño tampoco tiene un dato certero de cuántos organismos privados, como el albergue OASIS, hay en el país. Se consignan únicamente dos centros estatales, un hospital público y un hospital psiquiátrico, ambos en Tegucigalpa, la capital, que pueden admitir dentro de sus programas a personas con drogodependencia, pero no se sabe a cuántos han atendido, ni se ha documentado a qué sustancias son dependientes o en qué grado de dependencia se encuentran estos pacientes.

Es como pedirle a un doctor que cure una enfermedad, pero sin decirle cuál es ni quién la tiene. En 2015 el Instituto Hondureño de Alcoholismo, Drogadicción y Farmacodependencia (IHADFA), inauguró en San Pedro Sula, el Centro de Atención Integral de Adicciones (CAI).

Se trata de un centro ambulatorio, donde los pacientes reciben charlas y consejería, siempre y cuando el paciente no haya consumido ni alcohol ni drogas en las últimas 48 horas. Estos centros han perdido presupuesto y, según los informes antes citados, su operar no se basa en conocimientos científicos.

A principios de marzo de 2023 llamé al teléfono que aparece en el sitio web del CAI. Me contestó una señora bastante malhumorada.

Me dijo que ahí hay una bodega, que sí sabía que antes había “un centro de esos” pero que ya no. Pregunté entonces a cuál institución del Estado podría recurrir en caso de tener un familiar con problemas de adicción.

“Si lo quiere internar no hay. Al menos del Estado no hay.

Solo que lo lleve al hospital psiquiátrico Santa Rosita. De ahí no hay.

Si no tiene recursos lo que yo le podría recomendar es que busque un albergue que se llama OASIS. Ahí quizá le pueden ayudar”.

Acto seguido me colgó. A finales de 2021 conocí en OASIS a Christian, un joven de San Pedro Sula en una etapa avanzada de cirrosis y con una dependencia alta al crack.

Apenas se movía. Pastor J le asignó un catre y le inyectaban suero y vitaminas aun sin haber pagado los tres mil lempiras.

Pero poco más se podía hacer por él en este lugar. Apenas hablaba, se movía como se moverían las momias si pudieran.

No me queda claro si estaba totalmente consciente. Le saludé, me respondió el saludo, pero más parecía un movimiento de inercia, un gesto involuntario.

Su estómago era una enorme y desproporcionada bola de agua gelatinosa y su piel pálida y amarillenta, como el sol de media tarde. Pregunté por él en la visita de febrero del año pasado, pero, como era de esperarse, Cris ya no está entre nosotros.

Murió en su catre pocas semanas después de conocerle. El Pastor J y su staff lo enterraron en el cementerio local en una fosa común, y podemos estar seguros que su muerte, y las adiciones y problemas de salud que padeció durante su vida, jamás figurarán en ningún informe estatal.

Dan, el hermano de Cris, estaba también interno por problemas de adiciones en el Albergue OASIS, y al ver a su hermano menor en tal mal estado, aunado a un fuerte síndrome de abstinencia y a todo ese conjunto de padecimientos que acá terminaron llamándose delirio extremes, rompió una botella y se cercenó el cuello. Cuando lo quisieron detener les atacó.

Es un hombre grande y fuerte. Tuvo que llegar la policía a despojarlo de aquellos vidrios, pero no hicieron ningún reporte.

Lo llevaron a coser a la clínica y lo regresaron. Su intento de suicidio tampoco quedará registrado ni tomará nunca forma de estadística.

De los eventos de ese día solo queda una cicatriz zigzagueante, como un relámpago, plasmado en el cuello de Dan. Hablé con él en febrero del 2023.

Dan es un tipo rudo, y cuando le pregunté por aquel día escondió sus ojos negros tras unas gafas oscuras, volteó su cara morena y curtida por el sol y respondió: “El delirio extremes, Juan…el delirio extremes”. Son casi las cuatro de la tarde del último día que pasaré en este lugar y el calor sampedrano parece aplastarnos.

En el albergue nadie se mueve, ni las hojas de los árboles, ni las gallinas que pronto se volverán sopa, ni los internos. En una esquina, bajo una sombra, un viejo garífuna cuenta historias maravillosas sobre sus años de marino en los puertos Hondureños y sobre cuándo se volvió pirata y asaltaba lanchas llenas de droga en alta mar, en las costas de la selva de la Muskitia.

Canelo, el perro romántico y sin casta del albergue, divierte a los nuevos con su afición por oler las flores y cerrar los ojos mientras lo hace. El Pastor me lleva a su oficina.

Va a responderme la pregunta del porqué dedicar la vida a algo tan difícil. Va a contarme sobre su vocación de Sísifo.

La oficina es una caja de madera en el interior de una de las construcciones del albergue. Todo es de segunda mano, todo fue usado ya por alguien antes de llegar acá.

De hecho, hago la entrevista sentado en un asiento de automóvil. Del pastor prefiero no dar mucho detalle, de nada serviría entonces la ya de por sí compleja débil estrategia por salvaguardar la ubicación de este lugar.

Diré que es un tipo bonachón, dicharachero y sereno. Mientras tomamos un café ralo, preparado en aquella cocina improvisada, me explica que él también fue adicto, y que sufrió mucho.

Cree que Dios lo sacó de ahí con el único objetivo de ayudar a sus hermanos. Así se refiere a los internos de este oasis.

“Todos los que trabajamos con esta población en algún momento fuimos adictos, todos”, dice casi con orgullo. Entiende su trabajo como una especie de último margen que separa a cientos de personas del abismo.

Se ve a sí mismo como la última barrera que muchos pueden ponerle a la muerte. A veces la muerte se detiene, a veces no.

Ningún muro es infranqueable. Después de contarme su historia, salpicada de dolor, abuso y violencia, le pregunto por Raúl, el técnico en refrigeración y artesano de motos.

Dos colaboradores voluntarios están en la oficina y se miran entre sí. Y repiten la hazaña de Raúl durante nuestra conversación del primer día: sonríen con tristeza.

“Con los 500 lempiras que le dio usted por la moto se fue del albergue. A esta altura ya los convirtió en crack”, me dice uno de ellos, y con eso deja sobre mí fuero interno una piedra pesada que deberé llevar de vuelta a mi casa.

Nadie, a inicios de un proceso de estos, debe recibir 500 lempiras de manos de un imbécil. Comienza a morir el día y debo irme.

El barrio donde está el albergue no es buena zona para andar de noche. A esta hora los adictos de la ciudad, al menos los pobres, comienzan a juntarse alrededor de un mercado grande, por la séptima calle de una ciudad que no mencionaremos y en un parque central oscuro y sucio del que tampoco diremos el nombre.

Es un ejército de sedientos, una manada de hombres y mujeres que buscan una jalada más, un pase de polvo o un trago que les separe del dolor. Es difícil contarlos.

Unos se esconden en los portales mientras encienden sus pipas, de rodillas o en cuclillas, como rezándole a la droga que les arrebata la vida, otros, más gregarios, se apiñan en pequeños grupos. La mayoría se vuelven sombras escurridizas, alérgicas a las farolas de los carros.

Es difícil contarlos, pero son decenas, cientos. He estado en todas las ciudades importantes de Honduras en los últimos cinco años.

En todas ellas la escena se repite. Algunos trabajaron durante el día jalando bultos en los mercados o pidieron limosna en los semáforos, otros se llevaron de los carros estacionados lo que sea que estaba flojo.

Los más osados arrebataron alguna cadena o un celular. Tienen algo de dinero y los vendedores llegarán en breve a cambiar esas monedas por una noche más sin el dolor insoportable que conocen bien.

Y así es como la batalla de esa gente comenzará desde cero una vez más. Tal como lo plantea el Dr.

Bourgois, y también el Pastor J, el consumo desmedido por parte de poblaciones vulnerables deja al descubierto algo más profundo, una crisis generalizada de sufrimiento. Esta epidemia es, en esencia, la epidemia del dolor.

Si se atrasan en sus dosis, o si se exceden de ella, quedarán atrapados en la calle, a merced del desamparo de Honduras, luchando por huir del delirio extremes y de aquellas jaurías imaginarias de animales chiquitos. Siga toda la información de El PAÍS América en Facebook y X, o en nuestra newsletter semanal.

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