domingo, julio 14, 2024
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La triste historia de Jeison, el hombre con el pie más grande del mundo

Cuando a Jeison Rodríguez le duele la cabeza sabe que está creciendo. El menor de sus males puede ser desbordar los zapatos o tener que agachar más la cabeza para cruzar por una puerta porque su glándula pituitaria, la fábrica de la hormona del crecimiento, no para de trabajar.

Conseguir el dinero para pagar cada dos meses una ampolla carísima —que cuesta unos 1,500 dólares— con la que controla el acrogigantismo, una enfermedad endocrinológica crónica de alto costo, es lo que realmente le preocupa todos los días. Cuando no la toma, viene el dolor de cabeza como una mala señal, las convulsiones que le hacen perder la memoria, le cuesta pararse y caminar por el imparable crecimiento de su cuerpo.

A los ocho años comenzaron los primeros dolores. A los 10 empezó a crecer.

A los 12 lo diagnosticaron. A esa edad era más alto que su madre, calzaba talla 50 de zapato y era objetivo del bullying de los alumnos de la escuela de Palo Negro, en estado Aragua, de la región central de Venezuela.

“Me escupían, me pateaban, se burlaban de mí. Me decían fenómeno, patón”.

Tres veces intentó suicidarse quebrado emocionalmente por la violencia y el rechazo suelen estar expuestos los que se salen de lo normativo. Los médicos de entonces no le dieron mucha esperanza de vida tras el diagnóstico.

Quería ser chef, pero dejó su camino en manos de la religión cristiana que profesan en su casa. “Me siento privilegiado, el Señor me puso este cuerpo tan grande para que yo predicara la palabra de Dios.

No es fácil vivir con esta condición, dependiendo de las personas y del apoyo de mi familia, pero cuando la gente se me acerca a pedirme una foto les hablo de Dios”, cuenta el joven de 28 años en conversación telefónica desde Colombia. La relación con su cuerpo cambió desde que, en 2016, cuando tenía 20 años, recibió una medalla del Récord Guinness, porque era el hombre con los pies más grandes del planeta.

Entró entonces en otro canon, el de los asombros de los que vive esta organización internacional. Por pasar cuatro años sin tomar la medicina cree que ya ha superado su propio récord y que los del Guinness —que entonces le entregaron un papel escrito en inglés en el que le tomó tiempo entender que no había premio en metálico— deberían volver a medirlo, porque ahora los tiene más grandes.

A razón de una talla por año, calcula, los zapatos le van quedando apretados. En 2016, cuando fue incluido en los récords, sus pies medían 40,5 centímetros.

Hoy dice que tiene cinco centímetros más. Eso equivale a una talla 70-72 de zapatos.

También es el hombre más alto de América Latina, con una estatura de 2,38 metros y el segundo del mundo. El estadounidense Robert Wadlow ha sido el hombre más alto del mundo del que se tiene registro, al menos en el Guinness.

Vivió en Illinois a principios del siglo pasado, midió 2,72 metros de altura, se dedicó a ser artista de circo y murió a los 22 años. “Wadlow tenía lo mismo que yo: acrogigantismo.

Hay personas que solo sufren gigantismo y tienen los pies normales, y los que tienen acromegalia que tienen la cara, las manos y los pies gruesos como Shrek (el ogro verde de la película de Disney)”, explica Jeison. En Venezuela, dice, es la única persona con esta condición.

Por un tiempo recibió las medicinas que requiere para mantenerse estable a través de la Seguridad Social. Luego empezaron a fallar los suministros y empezaron a darle genéricos que lo hicieron sentirse peor.

Ahora los busca por su cuenta. Jeison ha pasado la vida lidiando con los marcos de las puertas, al punto de sufrir escoliosis por tener que inclinarse cada vez que los cruza, y las sillas débiles que no soportan su peso como sí lo hace la cama de cemento que le construyeron sus padres en su casa en Palo Negro.

Pero a pesar de ese problema de escala, o gracias a ello, Jeison se convirtió en influencer. Las redes sociales son para él su “trabajito” y a través de su cuenta @elpieguinnesoficial ha hecho publicidad para tiendas de equipos tecnológicos, negocios de comida y empresas de seguridad, en los que aprovecha su tamaño para hacer ilusiones ópticas con la intención de hacer reír.

En uno de los videos, un trabajador de la tienda empuja con mucha dificultad un televisor de 50 pulgadas que luego es levantado como si fuera una carpeta por Jeison. Jeison entró en estas ligas, las de los gigantes, buscando zapatos.

En Venezuela, calzar más allá del 45 convierte en fenómeno a cualquiera. No recuerda bien, por los baches que le han dejado las convulsiones, pero dice que una prima que estaba ayudándolo a conseguir unos calzados contactó al alemán Georg Wessels, fabricante de zapatos ortopédicos, que desde hace cuarenta años ha desarrollado una línea para quienes sufren este trastorno endocrinológico y viven con pies fuera de horma.

En una entrevista que le hicieron este año en Caracas, cuando vino con tres maletas para tres pares de zapatos para Jeison, Wessels dijo que ha entregado más de 600 a los que llama sus amigos, “los gigantes del mundo”. En la cuenta de Instagram de la ortopedia alemana aparece en fotos con el turco Sultan Kösen, que por 13 centímetros le quita el primer lugar a Jeison en altura, y que también ostenta el récord de las manos más grandes del mundo.

Antes de usar los zapatos ortopédicos de cuero alemán, con el soporte adecuado para sostener su cuerpo de 165 kilos, Jeison andaba con unas sandalias artesanales que le hacían con caucho y tela de jean poco resistentes para los pasos de un gigante. Durante un tiempo, incluso, dejó de usar zapatos.

Los zapateros alemanes lo contactaron con el Guinness y también organizaron su primer viaje fuera de Venezuela. Recuerda que en 2020 estuvo en Francia en el “encuentro de los gigantes”, donde tuvo la oportunidad de viajar por Europa.

“El señor zapatero me invitó a compartirme con los gigantes, para que me sintiera normal, con gente más grande que yo”. Hace un mes que Jeison está en Barranquilla, Colombia.

Tiene funciones en el circo de un parque de atracciones que abrió recientemente en la ciudad costera. Junto a dos payasos hace un sketch en el que estos se pelean y uno llama a su hermanito para lo defienda.

Detrás del telón aparece Jeison para atemorizarlo. Las funciones de su acto, asegura, se han llenado todas.

“La gente no se lo cree. Cuando me ven creen que soy un muñeco, para la gracia de Dios”.

A diferencia de cuando recibió el Guinness, Jeison ya tiene un representante para seguir sacando provecho a su tamaño en mejores condiciones. Así se gana la vida, pero siempre dispuesto a cualquier “trabajito” para conseguir dinero para sus medicinas.

“Estas son puertas pequeñas que se me abren, que me impulsan a seguir, para que después se me abran unas puertas más grandes”. Unas por las que pueda pasar.

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